El rugido de los motores se detuvo en seco a unos cien metros de la cabaña. Las luces de los faros cortaban la niebla como cuchillas blancas. Antonio empujó a Mia y a Leo hacia la parte trasera de la casa, donde el coche de Elena esperaba entre las sombras de los árboles.
—¡Vete ahora! —ordenó Antonio, entregándole a Mia una pequeña llave electrónica—. Es la clave de la caja fuerte en Suiza. Si algo sale mal, tú y Leo nunca volverán a pasar hambre.
Mia lo miró, y por un segundo, el odio que