El horizonte se tiñó de un naranja violento mientras el eco de la explosión rebotaba en las aguas del puerto. Mia tenía el rostro pegado al cristal del vehículo, viendo cómo el lugar donde acababa de dejar al hombre que amaba —y odiaba con la misma intensidad— se convertía en una pira funeraria. El aire dentro del coche de lujo se volvió irrespirable, cargado con el aroma del cuero caro y la traición de su propia sangre.
—¿Qué has hecho? —la voz de Mia salió como un susurro roto, cargado de una incredulidad que pronto se transformó en una furia volcánica—. ¡Él estaba allí dentro! ¡El padre de tu nieto estaba en esa cama!
Julián Varga ni siquiera se inmutó. Siguió ajustándose los gemelos de oro de sus puños con una parsimonia que helaba la sangre. Su perfil, tan parecido al de Mia, se recortaba contra las llamas que devoraban el edificio a la distancia.
—Un Sepúlveda menos es un favor que le hago al mundo, Mia —respondió Julián, sin mirarla—. Antonio era un cabo suelto. Sabía demasia