Lo siguiente que supe fue que estaba parada en un tramo privado de la playa sosteniendo un arma. Un arma real. No las pistolas de agua de juguete con las que Cynthia y yo solíamos aterrorizar a los niños del vecindario cuando éramos niñas. No las de plástico falso que vendían en los mercados. Una de verdad.
La miré nerviosa antes de mirar a Alex. Luego de regreso al arma. Luego de regreso a Alex.
—¿Estás seguro de que esto es legal? —pregunté.
Alex me miró. Luego al arma. Luego de regreso a mí.