FREYA
El silencio de mi habitación era como una manta pesada. Afuera, el sol apenas comenzaba a colarse entre los ventanales, pero yo no tenía ánimos de salir. Me había despertado muy temprano, pero seguía ahí, sentada en la orilla de la cama, abrazando mis piernas.
No encontramos a papá.
Y aunque me consuelo pensando que quizá escapó, que tal vez está libre… no puedo evitar sentirme culpable. Yo debía salvarlo. Yo debía traerlo de vuelta.
Un leve golpeteo en la puerta me hizo levantar la mira