ASTRID
El sonido del llanto me despertó de golpe, sacándome del espesor de un sueño sin formas ni recuerdos. Parpadeé varias veces, ajustando mi vista a la penumbra de la habitación.
El eco de su llanto se propagaba en el silencio, desgarrador y agudo. Sin pensarlo dos veces, me levanté de la cama y caminé descalza por el frío suelo de madera, siguiendo el rastro de aquel llanto.
Llegué hasta la cuna y allí estaba él: Antony. Su pequeño rostro enrojecido, los puños apretados, los ojos cerrados