ASTRID
—¡Freya! ¡Freya, por favor, responde!
Pero el único sonido que obtenía a cambio era el murmullo del viento entre las hojas.
No pensaba rendirme.
Había algo en mi pecho, una mezcla de angustia y culpa, que no me iba a dejar tranquila hasta encontrarla.
De repente, levanté la vista. Algo me llamó la atención.
Allá arriba, en la copa de un roble altísimo, una silueta delgada se recortaba contra el cielo gris.
—Freya... —susurré, aliviada.
Estaba sentada en una rama, con las piernas colgando