CAPÍTULO 42
Mi lobo dentro de mí estaba inquieto, gruñendo, presintiendo la tormenta que se avecinaba.

Rambo a mi lado con su mandíbula tensa. Detrás de nosotros, nuestra manada: betas.

Cuando llegamos a la frontera, los vi.

Un ejército de betas aguardaba, uniformados con armaduras de cuero negro y símbolos del Reino del Agua grabados en el pecho.

Claudia estaba al frente, su cabello trenzado, los ojos fríos como el hielo.

A su lado, Naia.

—¿Qué demonios es esto, Naia? —rugí.

Ella avanzó unos pasos, con la
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