Mi lobo dentro de mí estaba inquieto, gruñendo, presintiendo la tormenta que se avecinaba.
Rambo a mi lado con su mandíbula tensa. Detrás de nosotros, nuestra manada: betas.
Cuando llegamos a la frontera, los vi.
Un ejército de betas aguardaba, uniformados con armaduras de cuero negro y símbolos del Reino del Agua grabados en el pecho.
Claudia estaba al frente, su cabello trenzado, los ojos fríos como el hielo.
A su lado, Naia.
—¿Qué demonios es esto, Naia? —rugí.
Ella avanzó unos pasos, con la