ASTRID
La casa real estaba sumida en un silencio profundo.
Mis pasos eran cuidadosos, casi fantasmales.
Mi cuerpo aún temblaba. No de frío. No del roce de Magnus en mi piel. Sino del asco. La marca en mi labio ardía. Su beso… su maldito beso... había sido como una bofetada del pasado que creía enterrado.
Avancé por el pasillo oscuro, agradeciendo que todos ya estuvieran dormidos. No tenía fuerzas para hablar. Ni para fingir. Solo quería una ducha caliente y la cama.
Al entrar a mi habitación,