ASTRID
Ronan me besó.
Y no fue un beso cualquiera.
Fue intenso, salvaje, lleno de rabia y deseo.
Durante un par de segundos luché contra el impulso. Lo juro. Mi mente gritaba que lo alejara, que lo empujara, que no cayera en ese juego… pero mis labios…
Mis labios no la escucharon.
Se rindieron.
Se rindieron al roce de su boca, a la fuerza con la que sus manos me sostenían, al calor abrumador que explotaba en cada rincón de mi cuerpo. Quería apartarlo, de verdad. Pero en cuanto su lengua se desl