RONAN
Allí estaba.
Mi niña.
Mi Freya.
Por un segundo, pensé que mi mente me jugaba una trampa, una visión causada por la fatiga, por los días de guerra, por la nostalgia eterna que llevaba clavada en el pecho desde que la entregué en matrimonio. Pero no. Era ella. De pie, en medio de la habitación. Su rostro firme, pero vulnerable. Era una loba hecha mujer, y seguía siendo mi hija.
No pensé. Solo corrí.
La abracé con todas mis fuerzas, envolviéndola con los brazos como si pudiera protegerla del