Cuando abrió, él no esperó invitación. Entró como un huracán, sus ojos ardían en un fuego indomable. Su sola presencia llenó el espacio. El aire se volvió denso, vibrante, como si el ambiente mismo reconociera que algo extraordinario estaba ocurriendo.
Adara retrocedió un paso, sorprendida.
—Señor Drakos… —alcanzó a decir, pero la voz le temblaba.
Él no la saludó, ni buscó cortesías. Su respiración era pesada, casi un gruñido, y su porte transmitía que estaba al borde de un estallido.
Dentro de