Adara permaneció sentada frente a su escritorio por un largo rato, mirando el teléfono apagado sobre la superficie, mientras la pesada sensación de desconfianza parecía crecer en su pecho. No podía quitarse las palabras de Vukovic de la cabeza, ni la sensación de que algo mucho más oscuro y complicado de lo que imaginaba estaba sucediendo justo frente a ella.
Afuera, las luces de la ciudad comenzaban a brillar, mientras el silencio de la oficina parecía envolverla en una burbuja de aislamiento.