La sala de Adara estaba en penumbra. El reloj marcaba pasada la medianoche cuando su cuerpo cedió. El peso de las revelaciones, de la voz ancestral del elfo y de la presencia sofocante de Christian, fue más de lo que su mente moldeada al sentir y razón humana pudo resistir. De repente, cuando las luces se encendieron así sin más, un dolor de cabeza tremendo la atacó y apenas llevó ambas manos a la cabeza como buscando contener la fuerza de la reacción de su cuerpo al tiempo que miraba alrededor