Irina cerró la puerta de su casa con un chasquido suave, casi elegante, como si acabara de regresar de una fiesta en lugar de una tarde bañada en sombras, manipulación y pecado. La vivienda estaba en silencio, apenas iluminada por la luz rojiza de las lámparas de aceite que colgaban de las paredes. Parecía el interior de un corazón que latía lento, pesado… oscuro.
El vacío en su pecho —esa entidad que la habitaba— vibraba con una satisfacción malsana.
Irina caminó directo a su habitación, dejó