En un descanso, caminó hasta la terraza del edificio. El aire frío de Bucarest la recibió como un golpe en el rostro. Se abrazó a sí misma, intentando calmar el vértigo de la ciudad desplegada ante sus pies.
Recordó entonces la furia en los ojos de Vlad en el sueño, la confesión velada de que aquello los arrastraría a la ruina. Y algo dentro de ella tembló:
«¿Solo fue un sueño sin significado? ¿Era realmente una premonición? ¿O estaba perdiendo la cordura?», cuestionó en su mente.
Esa noche,