El pasillo estaba sombrío, apenas iluminado por las luces tenues que se filtraban a través de las ventanas altas. El sonido de los pasos de Vladislav resonaba fuerte, como el golpe de un martillo sobre el hierro, marcando el ritmo de su furia. Cada uno de los miembros de la manada que se cruzaba con él se apartaba, bajando la cabeza en señal de respeto, o quizás de miedo, pues sabían que la tensión había llegado a su punto crítico.
Vladislav no prestó atención a los murmullos ni a las miradas.