A la mañana siguiente, Adara despertó con una sensación extraña, como si algo dentro de ella hubiera cambiado de lugar durante la noche.
No fue dolor lo primero que sintió, fue ausencia.
Se llevó la mano al pecho, instintivamente, buscando a Jazz. Su loba, siempre —incluso cuando no al reconocía— estaba ahí: como un pulso constante, una respiración compartida, una presencia firme incluso en los momentos más oscuros.
Pero ahora…
—¿Jazz? —susurró en un tono de voz apenas audible.
No hubo respues