EL SILENCIO DE JAZZ

A la mañana siguiente, Adara despertó con una sensación extraña, como si algo dentro de ella hubiera cambiado de lugar durante la noche.

No fue dolor lo primero que sintió, fue ausencia.

Se llevó la mano al pecho, instintivamente, buscando a Jazz. Su loba, siempre —incluso cuando no al reconocía— estaba ahí: como un pulso constante, una respiración compartida, una presencia firme incluso en los momentos más oscuros.

Pero ahora…

—¿Jazz? —susurró en un tono de voz apenas audible.

No hubo respuesta.

Adara frunció el ceño, incorporándose despacio. Su departamento estaba en silencio. Demasiado ordenado, demasiado ajeno. La luz de la mañana entraba por la ventana como una cosa fría, sin consuelo.

—Jazz… —repitió, esta vez con un hilo de ansiedad colándose en su voz.

Nada.

No era que no la sintiera en absoluto. Era peor. Jazz estaba ahí… pero lejos. Como si algo la hubiera empujado hacia el fondo. Como si alguien —o algo— la estuviera desplazando.

Adara sintió un nudo en la garganta.

«No ah
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