Adara sintió cómo la culpa la atravesaba. No era Vladislav quien la controlaba, sino su propio destino, el que ella no podía evitar, el que la estaba arrastrando a un abismo del que no sabía cómo salir. El peso de todo lo que le había dicho el elfo, la visión de lo que debía cumplir, la conexión con Vladislav aunque importante, era lo mínimo en el problema tan grande en el que estaba... todo eso le estaba pesando más de lo que había anticipado.
—No es él, tranquila... —dijo finalmente, con un