La mansión de Christian estaba bañada por la tenue luz de las lámparas, pero la atmósfera se sentía densa. En su despacho, escuchaba como el viento aullaba fuera, golpeando las ventanas con la misma furia que los últimos acontecimientos parecían revolverse en su mente. Frente a él, el líder de la manada, Kam, con su porte imponente, permanecía en silencio, mientras dejaba que el peso de las palabras fluyera en el aire.
—Christian, ya no me sorprendes —dijo Kam con tono de voz grave, como si cad