El agua del lavamanos seguía corriendo, inútil, rompiendo el silencio eléctrico del baño del juzgado. El reflejo en el espejo mostraba a Adara y Vladislav respirando el mismo aire, tan cerca que el temblor de uno agitaba al otro.
Él la miró al separarse apenas unos centímetros de sus labios, con esa mezcla de rabia y deseo que le desgarraba la voz cada vez que decía su nombre.
—Adara… —susurró, y fue más una súplica que una palabra.
Ella quiso decir algo, poner una distancia lógica, racional… p