Al final del día el viento arrastraba un presagio de guerra sobre la mansión Drakos. Las paredes de piedra parecían contener la respiración, y el silencio era tan denso que hasta las sombras temblaban.
Vladislav estaba en su despacho, apoyado en el borde del escritorio, mirando a través del ventanal. Sus pensamientos eran un torbellino. Aún podía sentir los labios de Adara sobre los suyos, el calor de aquel beso prohibido que los había consumido unas horas antes.
Pero ahora, por los momentos er