El silencio que siguió a la desaparición de la entidad no fue alivio. Fue un vacío tenso, pesado, como si el aire se hubiese espesado alrededor de todos. Adara permanecía en el centro, respirando hondo, casi de forma mecánica, mientras la realidad recuperaba sus bordes.
Ionela se acercó un paso, cautelosa, como si temiera romper algo más frágil que la calma.
—Adara… —susurró.
Pero Adara levantó la mano, silenciándola. No con brusquedad, sino con una determinación que heló a todos.
—Me voy.
Blad