El bosque respondió primero con un crujido. No un sonido natural, no el susurro típico del viento entre las hojas, sino un quiebre profundo, como si las raíces mismas se estuvieran acomodando ante una presencia que tenía siglos sin manifestarse.
Ionela tragó saliva, retrocediendo un paso.
—Adara… eso no fue normal.
Adara no contestó. Sus ojos, aún impregnados del brillo profundo recién recuperado, buscaban entre las sombras del bosque algo que su cuerpo ya había sentido. Una vibración que no sa