El ser avanzó un paso, y el suelo pareció hundirse bajo su peso, aunque no dejaba huellas. Su forma era una contradicción viviente: un cuerpo que parecía humano en proporciones, pero hecho de sombras compactas, con bordes que vibraban como si estuvieran sujetos por hilos invisibles. Allí donde deberían estar sus ojos, dos abismos blancos se abrían sin parpadear.
No emitía sonido. No respiraba. No olía a nada vivo.
Ionela, temblando, se interpuso de inmediato entre la entidad luminosa y la sombr