Gabriele caminaba de un lado a otro en su despacho, incapaz de encontrar un maldito respiro. El peso de sus decisiones lo aplastaba.
Había traicionado al Consejo. Había escupido sobre todo aquello que alguna vez juró proteger.
Todo por ella.
Por su luna.
Por la mujer que era la única razón por la que todavía respiraba.
Y ahora... ahora estaba solo con su rabia, su culpa y el sabor amargo del fracaso.
El timbre del teléfono retumbó en la casa vacía. Gabriele apretó la mandíbula y respondió