Los días pasaron, pero para mí, el tiempo había perdido todo significado. Las horas se arrastraban lentamente. No tenía ganas de moverme, de respirar siquiera. Solo lloraba. Las lágrimas caían sin cesar, como si mi cuerpo intentara expulsar el dolor que me consumía por dentro. Sabía lo que era perder a alguien, lo había vivido antes, pero esta vez era diferente. Esta vez, la culpa era mía. Yo había provocado la muerte de la madre de Giorgio, y él me odiaba. Lo sabía, lo sentía en cada fibra de