Gabriele me agarró del cuello con fuerza. Sus dedos se clavaron en mi piel como garras, y su respiración era pesada, cargada de rabia. No me resistí. No podía. No tenía fuerzas, ni físicas ni emocionales. Lo dejé arrastrarme por el pasillo. La ira en sus ojos era evidente, un fuego que quemaba todo a su paso, y no era para menos. Habíamos perdido a nuestra madre. Y la culpable era ella. Abigail. La mujer que amaba.
Mi pecho se encogía cada vez que lo pensaba, sentía como su un cuchillo lo atrav