El motor de la camioneta rugió por última vez antes de apagarse, y el silencio que siguió fue ensordecedor. Mis oídos zumbaban, pero no era por el ruido del vehículo, sino por el caos que retumbaba dentro de mi cabeza. Mis manos temblaban, mis piernas parecían hechas de gelatina, y cuando intenté salir de la camioneta, casi caigo al suelo. Me tambaleé, agarrándome de la puerta para no colapsar. El mundo a mi alrededor se sentía irreal, como si estuviera atrapada en una pesadilla de la que no po