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Giorgio me llevó a la habitación, despojándome de cada prenda con una calma que me estremecía. Después me cargó en sus brazos y nos dirigimos al baño. Allí, mientras él se desnudaba, la luz del lugar iluminó su cuerpo, y mi mirada se perdió en lo que parecía ser la perfección hecha carne. Mis manos temblorosas recorrieron cada músculo de su torso, fascinada por la suavidad de su piel oliva, que parecía un pecado tocar.

—Eres hermoso —murmuré, evitando sus ojos, como si mantener el contacto visu
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