Me desperté con la cálida sensación del abrazo de Giorgio. Él aún dormía, y sus pestañas negras y espesas dibujaban sombras en sus mejillas. Viéndolo así, parecía un ángel.
—Buenos días —dije suavemente.
Él suspiró antes de abrir los ojos y regalarme una sonrisa.
—Buenos días, fa’rati.
Le di un golpe ligero en el pecho, y su risa llenó la habitación.
—Deja de decirme ratón —le regañé, no me gustaba esa palabra.
—Es de cariño, porque tú eres mi pequeño ratoncito —respondió con ternura. Escuchánd