Los ruidos continuaban. No sé cuánto tiempo pasó, tal vez horas, tal vez días, pero cada segundo era una agonía. La tensión en la habitación crecía con cada crujido, con cada sombra que parecía moverse. Allí nadie siquiera respiraba. Todos estábamos tensos.
Y entonces, de golpe, todo quedó en un silencio tan absoluto que resultaba insoportable.
—Creo que ya se han ido —dije, rompiendo el silencio. Pero nadie respondió. Nadie se movió.
El tipo que estaba frente a la puerta bloqueaba el paso con