Después de hablar con Carlo, salí. Alessandro estaba afuera, apoyado contra el coche, con la mirada fija en algún punto indefinido. Me acerqué lentamente, y entonces lo vi: los moretones en su rostro, que se veían realmente espantosos. ¿Qué le había ocurrido?
—¿Qué te pasó? —pregunté, alarmada.
Él no contestó. Solo abrió la puerta del coche, un gesto seco, casi automático. Entré, aunque algo en su silencio me hacía sentir un nudo en el estómago.
—¿A dónde fue Giorgio? —insistí, tratando de mant