Después de comer algo y discutir sobre el trabajo, salimos del restaurante. Mientras íbamos hacia la salida, sentía las miradas clavadas en mi espalda. Cada paso parecía más pesado bajo el escrutinio de los presentes, y todo era culpa del hombre enorme caminando a mi lado. Quería ahorcarlo ahí mismo.
—¿Quiere que la acerque a su coche? —preguntó, con una burla descarada en su voz.
Volteé a verlo, y sí, ahí estaba esa maldita sonrisa que lograba ser tan irritante como encantadora.
—No, gracias —