El calor de las llamas me golpeó como un puñetazo físico.
Kael me agarró del brazo sano, arrastrándome hacia atrás mientras una viga ardiente se estrellaba exactamente donde había estado parada un segundo antes. Chispas explotaron hacia el cielo nocturno, mezclándose con las brasas que ya llovían sobre Isla Decepción como nieve del infierno.
—¡No podemos quedarnos aquí! —gritó por encima del rugido del fuego.
Elena se aferraba a mi cintura, su pequeño cuerpo temblando pero sus ojos dorados fijos