El amanecer llegó como una traición.
Luz gris filtrándose entre nubes bajas, revelando el océano en toda su vastedad indiferente. Llevábamos remando cuatro horas. Mis brazos eran cables de fuego tensados hasta el punto de ruptura, cada brazada una negociación con músculos que amenazaban con rendirse.
Kael había colapsado hacía una hora, inconsciente por agotamiento e hipotermia. Yacía en el fondo del bote junto a Elena, ambos envueltos en la manta que ya no ayudaba contra el frío del amanecer.