El aire olía a raíz húmeda y a resina quebrada cuando Elia despertó. No fue una sacudida ni un sobresalto. Fue como si el bosque la hubiera exhalado suavemente al mundo visible. Su cuerpo, aún tendido, ya sabía que debía moverse. Había un pulso bajo tierra que no solo la llamaba: latía al compás de su esternón, como si su cuerpo fuera eco de algo que nunca dejó de vibrar.
Riven no estaba, pero no era ausencia. Era preparación. Se encontrarían más adelante, como dos senderos que saben dónde conf