Elia despertó con el sabor de la menta fresca impregnado en la boca, aunque no recordaba haber comido nada. El aire tenía la textura del rocío temprano, y su primer aliento le supo a hojas nuevas. No era un despertar común. Era como si algo, muy adentro, hubiera comenzado a brotar durante la noche.
Elia sintió que no despertaba: emergía. Como una hoja que se despliega desde el tallo interior del cuerpo. Su cuerpo entero parecía haber germinado con el alba, y algo dentro de ella pulsaba con una