El alba asomaba pálida, bañando el bosque con una luz gris que parecía no calentar. Elia despertó con el libro aún abierto sobre su regazo, una página marcada por su mano dormida. Al incorporarse, el cuero crujió suavemente, y la runa en su pecho respondió con un breve destello.
Había soñado. O algo parecido a soñar. No era un recuerdo suyo, pero tampoco una visión. Era una canción sin voz, una cadencia antigua. Cuando abrió los ojos, aún podía oler humo de leña y escuchar el tintinear de campa