Por más que Valentina le pidió que no entrara, Javier hizo caso omiso y con una sonrisa de victoria la tomó de la mano.
—Ven tú también, entra conmigo.
Ella casi al borde del llanto se dejó arrastrar por él.
—Bienvenido, señor Montalván. Espero que mi secretaria no le haya faltado el respeto—. Dijo el jefe de Valentina, poniéndose de pie y extendiendo la mano hacia Javier.
—Su secretaria es muy amable, presidente. Además, es demasiado hermosa.
—De eso no cabe duda. Créame que si yo estuviera s