Capítulo 28. La ira del dueño del infierno.
Dominic Ivankov
Cuando salí y la vi allí desnuda, temblorosa. Con la piel marcada por el látigo y los ojos brillando como vidrios rotos. De rodillas en la plataforma, sus caderas desnudas rozando el suelo manchado de vino y sudor, algo en mi pecho se retorció como una serpiente envenenada.
—¿Por qué la trajeron? —pregunté a Andru, mi voz tan fría que hasta las luces rojas del salón parecieron titubear.
Mi segundo a cargo se encogió de hombros, pero su sonrisa burlona delataba que disfrutaba del