Epílogo. El amanecer de la Reina Sangrienta
Tres años después
El viento gélido de las montañas rusas me golpeaba el rostro, pero no sentía el frío. No. En lo profundo de mis huesos, solo ardía el fuego. Tres años. Tres malditos años habían pasado desde que el mundo se detuvo, desde que sentí el resplandor infernal en el horizonte y supe que se lo había llevado. A él. A Dominic.
Las cenizas de Novosibirsk se habían disipado hace mucho, pero las suyas… las llevaba grabadas a fuego en mi alma. Cada bocanada de aire helado era un recordator