Elyra había decidido que dormir era para gente que no tenía amenazas de muerte colgando sobre sus cabezas.
Eran las tres de la madrugada, y llevaba el mapa del hombre moribundo extendido frente a ella durante las últimas seis horas. Sus ojos ardían. Su espalda protestaba por estar encorvada sobre la mesa. Y el guardia que Kael había asignado a su puerta seguía haciendo ese molesto sonido de respiración que la hacía querer lanzarle algo.
Pero finalmente, finalmente, estaba comenzando a ver algo.