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El limbo no tenía temperatura, pero Elyra sentía frío.
No el frío del invierno o de una brisa helada — ese al menos tenía sustancia. Esto era la ausencia de calor, de vida, de cualquier cosa remotamente tangible. Era el frío de no existir, y después de un año, aún no se acostumbraba del todo.

—Aquí

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