CAPÍTULO 61 – El bosque marchito
El aire en Rukawe ya no olía a pino fresco ni a tierra mojada tras la lluvia. Ahora, un hedor dulzón y persistente a putrefacción se filtraba por las rendijas de las cabañas y se adhería a la piel de sus habitantes como una mortaja invisible. Habían pasado catorce días desde que el holograma de Camilo Ardeón fracturó la paz de la manada, catorce soles desde que Irupe fue arrancada de su hogar, y el tiempo se había convertido en un veneno que corría por las venas