CAPÍTULO 50 – Entre el deber y el fuego
Tao caminaba sin rumbo fijo, alejándose de la comunidad, siguiendo senderos que conocía desde niño. Cada paso era pesado. No por cansancio físico, sino por el peso de una decisión que comenzaba a exigirle una respuesta.
Se detuvo cerca del viejo círculo de piedras, un lugar que no muchos frecuentaban. Allí el aire se sentía distinto, más denso, más antiguo. No le sorprendió encontrar a Mainumby sentado en el centro, con las piernas cruzadas, los ojos cerrados y las manos apoyadas sobre las rodillas. Siempre parecía saber cuándo alguien lo necesitaba.
— Sabía que vendrías —dijo Mainumby sin abrir los ojos.
Tao exhaló con fuerza y se dejó caer frente a él, apoyando los codos en las rodillas.
— No sé qué hacer —admitió sin rodeos—. Y eso es lo que más me asusta.
Mainumby abrió los ojos con lentitud. Su mirada era serena, profunda, como un lago quieto que todo lo reflejaba sin juzgar.
— Entonces empieza por decirlo —respondió—. Dilo en voz alta. A v