El silencio que siguió a la crisis de Maia en la cocina era espeso, sofocante, denso como una tormenta a punto de estallar sobre los picos de la montaña. Maia continuaba temblando, abrazándose a sí misma como si pudiera evitar que su alma se terminara de romper en pedazos.
Fue en ese momento cuando la puerta lateral se abrió de par en par y Mara, la joven omega que se había convertido en su único refugio dentro del recinto, entró rápidamente. Bastó un solo vistazo a la escena —el pánico en