Maia cerró la puerta de su habitación detrás de ella.
Apoyó la espalda contra la madera y dejó escapar el aire que llevaba varios segundos conteniendo.
Su corazón seguía golpeando con fuerza.
Demasiado rápido.
Llevó ambas manos hasta su rostro.
—¿Qué me está pasando...?
Algo debtro de ella se movió, sería su loba? imposible.
No era la agitación habitual que aparecía cuando sentía miedo.
Era diferente.
Atenta.
Despierta.
Como si después de años de permanecer dormida hubiera encontrad