—Creo que me gusta este lugar —susurró.
Silas sonrió.
—Entonces es tuyo.
Maia lo miró.
—¿En serio?
—En serio.
Ella volvió a mirar las luces reflejadas en los cristales.
—Gracias.
—No tienes que agradecerme.
—Sí tengo.
Silas negó.
—Maia...
Ella giró hacia él.
Sus miradas se encontraron.
Durante un instante ninguno se movió.
La conexión apareció nuevamente.
Pero esta vez no fue dolorosa.
El cuello de Maia comenzó a calentarse.
Silas lo sintió también.
Su expresión cambió.
No s