Maia cerró los ojos.
Podía sentirla.
Pequeña.
Débil.
Pero presente.
No había escuchado su voz desde hacía tanto tiempo que casi había olvidado cómo se sentía tenerla cerca.
Y entonces llegó una sensación.
Una palabra.
No pronunciada.
Pero clara.
Hogar.
Maia abrió los ojos de golpe.
—¿Qué pasó?
Silas se acercó un poco.
—Nada.
—Ella...
Maia respiró con dificultad.
—Creo que acaba de decirme algo.
Silas permaneció inmóvil.
—¿Qué?
Maia lo miró.
—Hogar.
Si