El dolor en la nuca era lo único que le recordaba que seguía viva, aunque a veces deseaba no hacerlo. Cada bache del viejo camino rural se traducía en una punzada eléctrica justo donde solía estar su marca, ahora reducida a una cicatriz rugosa, violácea y mal cicatrizada. Con la mirada perdida tras el cristal empañado del autobús, contemplaba cómo la densa niebla devoraba los pinos del valle. Su propio aroma, que alguna vez había sido dulce y vibrante, apenas si existía; era un rastro fantasmal, marchito por el miedo, los dias de huida y la agonía silenciosa de un lazo roto a la fuerza. A ella no la habían enlazado por amor, ni siquiera por instinto; la habían encadenado en un matrimonio forzado por puro poder político y estatus. Su alfa jamás la quiso, y el día que decidió que ella ya no le era útil, rompió el vínculo sin piedad, empujándola al borde de la locura. El desgarro psíquico había sido brutal. No solo le quitaron su estatus, sino que le arrebataron la voz de su loba, dej
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