El sendero hacia la ladera norte era un laberinto de pinos gigantes y silencios sepulcrales. El frío cortaba el aire con la precisión de una cuchilla, pero Maia apenas lo sentía; el latido frenético de su propio corazón competía con el crujir de la nieve virgen bajo sus botas. Cuando finalmente avistó la modesta cabaña de piedra y madera, oculta entre los árboles y coronada por una delgada columna de humo, sintió que el oxígeno volvía a sus pulmones.
Antes de que siquiera pudiera levantar l